QUE PASARÁ DESPUÉS

De una forma u otra todos sentimos, y muchísimos padecemos, que con el transcurso del tiempo, de este tiempo, perdemos pie y aquello que percibíamos como  seguro y estable ya no nos lo parece, incluso intuimos que es manifiestamente inestable e inseguro.

El trabajo, las empresas o nuestra vivienda no forman parte de aquello a lo que podemos aspirar o ambicionar, el coche, la moto o los viajes, restaurantes que frecuentábamos o los hoteles que visitábamos en nuestras escapadillas ya no están al alcance de nuestras manos, ni mucho menos de nuestros salarios (quien lo tenga) ni de la retribución que genera un contrato de trabajo tan inestable como  temporal.

Nuestros hábitos han tenido que cambiar  y si no lo han hecho lo harán por las bravas de forma inmediata. Nos seguirá hastiando la televisión pero seguirá siendo el instrumento más barato con el  que ocupar un tiempo de ocio presumiblemente interminable. Nos tendremos que despedir del buen vino y de la cuadrilla con la que lo compartíamos.  No dejaremos de amar la cultura, simplemente dejaremos de comprar libros en cualquier formato porque con el valor de su precio se puede cubrir otras necesidades más inmediatas y físicas. No dejará de gustarnos el teatro, el cine o el circo, es que dejaremos de asistir a las salas o pistas donde se represente proyecte o actúe,  porque el precio de las entradas no hay quien en condiciones normales pueda pagarlos.

¿Terminará este Calvario? Y si termina ¿QUE PASARÁ DESPUÉS? Pues que muy a nuestro pesar tomaremos conciencia de lo que nunca debimos desconocer: que se nos maneja sin miramientos, que nunca hemos tenido capacidad económica para actuar con autonomía,  que no ofrecemos resistencia y que por todo ello siempre hemos sido pobres.

 Ahora bien, mientras a alguien le ha interesado nuestro  consumo  se nos ha convencido de que formábamos parte de una clase media adinerada y privilegiada capaz de endeudarse para la adquisición de bienes que después han resultado inalcanzables y de los que solo nos ha quedado la propiedad de las deudas contraídas para adquirirlos (otro día hablaremos de los buitres que viven de estas deudas). No parece que esta situación sea consecuencia pasajera de la crisis. No hay en el horizonte una luz clara ni voz creíble que nos permita albergar alguna esperanza sobre la contingencia, el carácter finito de esta situación. Más bien parece que está llamada a perdurar en el tiempo y de forma indefinida. 

Posiblemente por primera vez en la historia de la humanidad se nos ofrece un futuro en el que la solidaridad, el esfuerzo en común, en definitiva la convivencia, no constituye un medio idóneo para afrontar las dificultades. Por ejemplo si se nos ocurre la temeridad de proyectar una vida en común con nuestra pareja creando una familia, tener hijos y responder con ello a la llamada de madre naturaleza, y hacemos unos numericos veremos que se trata de una empresa imposible, llena de renuncias y escaseces. El desprestigio de instituciones sociales como por ejemplo los sindicatos u otras organizaciones sociales orientadas al servicio a los demás nos deja huérfanos, sin apoyos a los que recurrir cuando solos ya no podemos hacer frente a nuestro neoliberal enemigo.

En fin, por ello nuestra crisis no solo tiene efectos económicos. Los tiene también emocionales. Al fin sabemos lo que somos. Estamos obligados a enfrentarnos abiertamente con una realidad que hábilmente se nos ha hurtado. Es una crisis triste, muy triste, porque en quien confiábamos  nos ha defraudado o directamente engañado, porque sabemos que  se nos ha comprado por auténticas bagatelas, porque se nos ha formado mejor para nada, porque en los mejores momentos  no fuimos más felices y ahora somos más infelices y porque sabemos que nuestro futuro, COMO NO HAGAMOS ALGO, no está en nuestras manos.

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