ES EL DÍA DE RECORDAR QUÉ ES LA MEDIACIÓN.

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El concepto de la mediación responde al principio básico de que la nuestra es una sociedad compleja en la que convivimos libre y pacíficamente, asumiendo la responsabilidad de resolver por nosotros mismos los conflictos que esa convivencia pueda generar, sin delegar en un tercero la solución de nuestros problemas.

Desde un punto de vista funcional significa la intervención de un profesional, el mediador, que de forma neutra ayuda a las  partes enfrentadas en un conflicto a encontrar por si mismos  los motivos y las formas de resolver las dificultades que interrumpen o impiden la continuidad de una relación obligacional, necesaria para ellos y por consiguiente deseada. De esta forma,  el objetivo de la mediación consiste en alcanzar un acuerdo legalmente eficaz, que contenga una solución adaptada a las necesidades y circunstancia de las partes. Podrá consistir en mantener y fortalecer esa misma relación, modificarla para incorporar las necesidades de las partes o simplemente consentir en que definitivamente se extinga, eso sí,  evitando o intentando evitar consecuencias posteriores que generen nuevos conflictos.

Son muchos los ciudadanos que asumiendo su condición de personas libres se sienten capaces, y responsables, de resolver por sí mismos los conflictos en que se ven envueltos por  el simple hecho de la convivencia. Todo individuo que no vive en una urna, completamente aislado, se verá abocado, con mayor o menor agrado, a relacionarse con otras personas para atender sus necesidades materiales, emocionales y afectivas, relaciones cada día más complejas, en un entorno con más -aunque no siempre mejor- información y mayor conciencia individual de los derechos de que cada uno es titular.

Por ello, la solución acordada de los problemas individuales es lógico que adquiera mayor prestigio social. La imposición del más fuerte ha perdido cualquier valor social, y la decisión adoptada por un tercero (el árbitro o el Juez), que en sí misma no es sino la imposición de una de  las opciones posibles reforzada  por imperio de la ley, que termina desconociendo aspectos esenciales relativos a las condiciones y situación de las partes, pierde prestigio e incluso genera desconfianza, mientras que adquiere relevancia social el acuerdo entre partes, como expresión de libertad individual.

Sin embargo, la mediación como institución, como fórmula habilitada estructuralmente no despega. No existe demanda ciudadana, los órganos judiciales la desconocen y los profesionales del derecho temen una minoración de la actividad judicial que termine perjudicando sus intereses económico-profesionales.

Probablemente el lentísimo arraigo de una institución objetivamente necesaria y asumible en nuestro entorno sociocultural, se hace más comprensible si se considera la forma en que se ha explicado la naturaleza de la mediación. Efectivamente, en público y en privado se ha insistido por activa y por pasiva en que la mediación debe reducir el número de procedimientos y causas que se tramitan en nuestros juzgados.

De esta forma se relaciona la mediación con una actividad procesal, casi como un procedimiento alternativo a otros procedimientos judiciales. Posiblemente para el ciudadano no advertido se trata de más de lo mismo,  pero con la característica de que en mediación el tercero interviniente no decide, por lo que no solo no agiliza sino que retrasa todavía más los procedimientos judiciales al reducirlo a un simple trámite previo. Por otra parte aquel ciudadano puede sospechar que siendo sin ser un procedimiento judicial, el proceso de mediación carece de las garantías que para la protección del derecho de defensa la ley otorga a las partes. Y además hay que pagar.

La mediación es lo que es y así debe ser explicitado. Desde luego no es un nuevo y raquítico procedimiento judicial, ni una fórmula inventada por razones de economía procesal.

Se trata de institucionalizar un instrumento con eficacia jurídica para  atender  las necesidades que se plantean en una sociedad compleja y sistémica, en la que sus miembros conviven y desean seguir viviendo pacíficamente.

La mediación debe explicarse como expresión de la libertad del ser humano y consecuentemente de las partes en un conflicto.

Igualmente debemos saber comunicar que la mediación es fruto del respeto que merece toda persona,  y concretamente la otra parte en conflicto a quien ha de considerarse un igual.

Por último debemos saber hacer llegar a la ciudadanía que es un medio por el que las partes en conflicto adoptan un acuerdo adaptado a sus necesidades, en el que se  resuelven cuestiones objetivas y materiales y también aspectos, tan importante o más que aquellos, de naturaleza puramente subjetiva que determinan el comportamiento, el estilo de vida elegido por cada uno de ellos y que por consiguiente afectan a la propia naturaleza de la relación existente entre ellos.

José Mª Lirón de Robles Pérez

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EL ASESINATO DE LA CONDICION HUMANA

Estas líneas no tienen más explicación que el desahogo personal. Necesito hablarme, intentar explicarme  y con ello intentar comprender el comportamiento de unos individuos de los que lo único que conozco es la brutalidad de sus actos.

No pretendo suplir el rol informativo de unos profesionales que, seguro cuentan con más, mejor y más profunda información de la que yo pueda disponer.

Es pues una reflexión personal que quisiera compartir con quienes como yo se sienten abrumados por el desastre de saber que otras personas son capaces de segar indiscriminadamente la vida de sus congéneres sin más causa que la discrepancia política, o la pertenencia a un credo religioso diferente al suyo, o la simple manifestación pública de la opinión que les merece determinados comportamientos de quienes por un exacerbado sentimiento de pertenencia se adhieren acríticamente a los postulados que emanan de un determinado ámbito cultural o religioso.

En todo acto terrorista, desde mi punto de vista,  inciden en quien los programan y ejecutan tres detestables y peligrosísimos comportamientos: abolición de cuanto estimen  contrario a su personal  concepción de las cosas, desprecio del contrario e imposición por la fuerza bruta, el terror, de sus postulados o creencias.

Se trata en todo caso de actos criminales, que definen como criminales a sus protagonistas.

Es para mi incuestionable que un acto criminal de esta naturaleza nada tiene que ver con un proceso intelectual que lleva al convencimiento de la necesidad de una determinada intervención en la cosa pública. Ni se puede justificar en función de una determinada y difícil o muy difícil experiencia vital, o en base a la extracción social de quien ejecuta esos actos contra natura.

Por último, encontrar  justificación en un conflicto armado que se desarrolla en cualquier parte del mundo, no absuelve el acto individual y concreto de pegar un tiro a una persona a la que se está viendo viva y de la que se pretende, en cualquier caso, su muerte, tenga o no que ver con dicho conflicto.

El crimen, el asesinato viene precedido por un único proceso mental, el del desprecio de toda vida humana distinta de la del propio asesino.

Me sumo por todo ello a las expresiones de condolencia puestas de manifiesto en público y en privado a los familiares de las víctimas de tan terrible asesinato.

Igualmente quiero expresar mi temor, porque me siento individualmente vulnerable y colectivamente desprotegido.

Sin embargo quisiera expresar mi compromiso personal para defender hasta el límite de mis posibilidades, no ya el sistema de vida que tenemos -coyuntural, mudable y en muchos aspectos francamente mejorable- sino de la condición humana, la de todos nosotros, que de forma individual o colectiva, con nuestra inteligencia, es capaz de idear un mundo mejor, de construirlo y de resolver adecuadamente para todos  las contradicciones y conflictos que puedan surgir hasta nuestra total integración, condición humana hoy desolada y casi siempre decepcionante.

José Mª Lirón de Robles Pérez